Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
ANTONIO GARCÍA VELASCO

Antonio García Velasco

El 19 de febrero de 2010, celebramos la entrega del I Premio de las Letras Andaluzas “Elio Antonio de Lebrija”, creado por la ACE-A (Asociación Colegiada de Escritores de Andalucía) concedido a Manuel Alcántara, como reconocimiento a su creación literaria. Es un motivo, como otro cualquiera, para volver a la obra de este autor, aunque a diario nos sorprenda con su columna en la prensa. El acto, en el Salón de los Espejos del Ayuntamiento de Málaga, con presencia de autoridades –Francisco de la Torre, alcalde, la Viceconsejera de Cultura de la Junta de Andalucía… - además de Mariano Vergara, Vicepresidente de Fundación Unicaja –patrocinadora del evento-, Felix Grande, como invitado especial y, por supuesto, José García Pérez, Presidente de la ACE-A, y José Sarria, Secretario de esta asociación. Quedaron bien los discursos y los parabienes, la entrega del premio oculto por la nube de fotógrafos, la cena con la que se cerró el acto y, supongo, la copa final –ya fuera de protocolos- con la que terminó la velada.

Mi particular homenaje, en reconocimiento de la maestría, y a la maestría, de Manuel Alcántara es tomar varios de sus poemas y hacer que HEsCrea, el programa de ordenador Herramientas de Escritura Creativa, nos construya un centón. Recordemos aquellas definición del DRAE: “1. m. Manta hecha de gran número de piezas pequeñas de paño o tela de diversos colores. 2. m. Manta grosera con que antiguamente se cubrían las máquinas militares. 3. m. Obra literaria, en verso o prosa, compuesta enteramente, o en la mayor parte, de sentencias y expresiones ajenas”. Ni manta ni mantón, nos quedamos con “Obra literaria, en verso o prosa, compuesta enteramente, o en la mayor parte, de sentencias y expresiones ajenas”. Y que, en general, se hace como homenaje al autor o autores de los textos que sirven de base.

He tomado los poemas de Alcántara “Arcángel de pereza”, “Biografía”, “En aquel tiempo” y “Carnet de identidad”. Con los versos de estos poemas Hescrea me proporciona la siguiente composición:

Contándole una historia a los desiertos

 

Leñador orgulloso de raíces,

España dura, noche y día, tierra

para traerla el día de mañana…

tengo el sombrío bosque de la frente.

 

España dura, noche y día, tierra…

Lo sabe el corazón. Que no se diga…

(Dentro de poco se dirá que fuiste

y el tiempo digital nos puso juntos…)

 

Si yo hubiera sabido a qué venía,

sobre su propia muerte se sostiene.

 

Desde mis veinticinco historias vengo.

Presenciadas por dos cambian las torres,

y mares... luego me dejaron solo.

Pero la sangre a veces se fatiga.

 

Desde mis veinticinco historias vengo.

Se supusieron que lo aprendería.

 

Ven cerca. Más. Que entre los dos no quepa…

 

Nada me importó nada.

Por lo que tuerce y acrecienta y rige,

se supusieron que lo aprendería.

 

Con corrección sólo de ciertas puntuaciones y concordancias para conseguir cierta coherencia textual, el poema resultante tiene tanto el tono existencialista –testimonio de vida, sentimientos, observación crítica de la realidad humana- que caracteriza la obra poética de Manuel Alcántara, como el modo de una de las líneas de su versificación, el empleo de endecasílabos, acaso, en ocasiones mezclados con heptasílabos. La otra línea es la de versos de arte menor agrupados en estrofas de corte popular: coplas, soleares, etc. Hemos prescindido de estas composiciones para nuestro centón.

He dejado como título el primer verso “Contándole una historia a los desiertos” por lo que tiene de representativo de la tarea de escribir: uno queda solo, aislado, en el desierto de la habitación personal; desde allí cuenta sus historias, escribe y arroja el escrito al mar desértico, sin certezas de que encuentre el lector interesado, o que pueda interesarse. Es un verso procedente de “Arcángel de pereza”: “…Y aquí me tienes / contándole una historia a los desiertos, / machacando la vida en hierro frío, / hablando de la muerte con los muertos”.

 

La primera estrofa del centón (“Leñador orgulloso de raíces, / España dura, noche y día, tierra / para traerla el día de mañana… / tengo el sombrío bosque de la frente.”), no remite a una visión crítica de España, dirigida, quizás, a un metafórico “leñador orgulloso de raíces”, en consonancia con el verso “tengo el sombrío bosque de la frente”. No podemos pensar en España, ni ahora ni antes, sino como una tierra dura, siempre alentando la esperanza de un mañana. El azar, por los bytes de Hescrea, nos pone en la temática crítica –estética sobrepuesta a la ética, en ocasiones, sin traiciones a ésta- que constituye una de las características de la poesía alcantariana. Y también de su prosa.

 

La estrofa segunda (“España dura, noche y día, tierra… / Lo sabe el corazón. Que no se diga… / (Dentro de poco se dirá que fuiste / y el tiempo digital nos puso juntos…)” insiste en la dureza de España y en la perspectiva personal desde la que habla. El término “corazón”, denominador del órgano depositario convencional de los sentimientos, nos remite a otra característica de la poesía que comentamos: la perspectiva del que habla con el sentir marcado por la vida y la reflexión. “Yo tuve el corazón capaz de lluvia” nos dice en uno de sus versos.

 

Si yo hubiera sabido a qué venía, / sobre su propia muerte se sostiene”. El existencialismo, el desconocer el porqué de la existencia humana y la certeza de la muerte, son elementos recurrentes en la poesía de Manuel Alcántara. Estos dos versos, aparentemente incoherentes entre sí, insisten, sin duda, en los rasgos existenciales de la obra de este autor.

 

“Desde mis veinticinco historias vengo. / Presenciadas por dos cambian las torres, / y mares... luego me dejaron solo. / Pero la sangre a veces se fatiga”. La fatiga, acaso la pereza –Arcángel de pereza- son estados anímicos humanos, sensaciones condicionantes de actitudes. De todas formas, las inquietudes vitales compartidas constituyen un alivio para cualquiera: “Presenciadas por dos cambian la torres”. Y los mares. Aunque nos quedemos solos. Por supuesto, somos también nuestra historia. “Desde mis veinticinco historias vengo”. Ideas presentes en la poesía del autor que nos ocupa.

 

Desde mis veinticinco historias vengo. / Se supusieron que lo aprendería”. Existe alguien, caso Dios, que supone, o sabe, muchas cosas de los seres humanos, del ser humano llamado Manuel Alcántara. Entre éste y ese ser, esos seres, existe una permanente relación dialogística, en tanto que presencia temática (“Cansado y todo dice Dios que siga / habitando el vacío, que se llene / de noches y de nada…”) o como interlocutor que nunca responde a nuestra llamadas (“Ser hombre es ir andando hacia el olvido / haciéndose una patria en la esperanza; / cuerpo a cuerpo con Dios se está vendido / y a gritos no se alcanza.”)

 

El verso “Ven cerca. Más. Que entre los dos no quepa…” constituye una llamada de amor, que aunque no estemos en un poeta de constantes temas amorosos, sí es cierto que el amor es significativo de algunos de sus poemas: “Amor, duda, esperanza… Siempre vienen…” dice en su emblemático poema “Biografía”.

 

Nada me importó nada. / Por lo que tuerce y acrecienta y rige, / se supusieron que lo aprendería”. Estos tres versos finales, en sí mismos, es decir, aparte del autor del que proceden, puede que nos presenten la idea de la indiferencia con la que se pueda contemplar el mundo –“Nada me importó nada”- en contraste con lo que la sociedad o, tal vez, Dios, los dioses, suponen respecto a nosotros. Nos presionan para que aprendamos lo que a “ellos” -¡Ah, ¿quiénes son ellos?- interesa y, lo peor, que suponen de antemano que, por la cuenta que nos tiene, lo vamos a aprender. Ideas como estas se pueden rastrear en la poesía de Manuel Alcántara.

 

Y termina nuestro homenaje por medio de este centón de creación aleatoria.