Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
FRANCISCO GIL CRAVIOTT
Acerca de "Historietas de Bernardo Ambroz", último libro de Fernando de Villena (Premio de la Crítica de Andalucía)

Francisco Gil Craviotto

 

 

Todos los años, con la llegada de la primavera, Fernando de Villena (Granada, 1956) nos ofrece un nuevo libro. El de este año se titula “Historietas de Bernardo Ambroz“. Ha sido publicado, en una edición sobria y cuidada, por la editorial Port-Royal de Granada y va enriquecido con varios dibujos del también escritor José Antonio López  Nevot.

La dedicatoria del libro nos explica en gran parte el contenido de éste. “A mi padre, que durante largos años, recorrió las carreteras andaluzas para que nada nos faltara”. También Bernardo Ambroz, agente de seguros y protagonista de la obra, recorre en su flamante Seat 600 –el sufrido coche español de los años sesenta- las carreteras y pueblos andaluces para que nada le falte a su familia; pero, junto a él, nuestro autor ha colocado a Juanito, compañero de aventuras y aprendiz del oficio, algo glotón y mujeriego, que comparte protagonismo con Ambroz. Ambos forman una pareja que, a todo el que haya leído a Cervantes, le va a recordar la de don Quijote y Sancho Panza, más cuando descubrimos la glotonería de Juanito y la bondad de Ambroz. Pero los tiempos son otros: estamos en plena dictadura franquista –años sesenta y setenta- y ya no hay caballeros andantes, ni dulcineas, ni ventas que semejen castillos; la gente, para sus desplazamientos, ya no utiliza la carroza o el caballo, sino el coche, comenzando por nuestros protagonistas que siempre se desplazan en su modesto 600.

Sin embargo hay un punto que no ha cambiado: los entuertos, entendiendo por tal el abuso, la injusticia y la cacicada. Bernardo y Juanito, en casi todos sus viajes, se van a dar de bruces con todas estas calamidades del ser humano. Ambroz y su ayudante, cuando pueden, solucionan la situación –tal es el caso de los relatos titulados “La desventurada” o “El retablo”-, cuando no pueden, porque sobrepasa sus dominios, nuestro autor la anota y la denuncia a la posteridad. En este sentido el libro de Fernando de Villena no puede ser más comprometido. Abusos, cacicadas y otras hierbas parecidas se van sucediendo a través del libro y nos ofrecen todo un fresco de lo que fue la época. Baste como ejemplo este fragmento del relato titulado “La novillada”. El cacique de uno de los pueblos por donde pasan los protagonistas de la obra, organiza una novillada en uno de sus cortijos. Ni se le ha ocurrido pedir permiso para tal acto. Él hace y deshace a su antojo. Al comienzo de la novillada un hombre borracho, que intenta torear al novillo, muere. Vea el lector lo que ocurre después. La cita merece la pena:

El médico, un hombre menudo y calvo que pudiera andar por los cincuenta años, examinó el cuerpo del afilador y, con tono compungido, dijo que no se podía hacer nada: aquel hombre estaba muerto. Se le había quebrado el cuello al caer.

El primero en hablar después de unos segundos de silencioso horror, fue el capataz:

-¡Dios santo! Y no pedimos permiso para la novillada.

-¡Alto ahí! –Gritó don Melchor-. Aquí no ha ocurrido nada fuera de lo normal. Este hombre ha bebido más de la cuenta y, en consecuencia, le ha dado un ataque al corazón y por eso ha muerto. ¿No es verdad, don Arcadio?

El médico titubeó unos instantes y, en seguida, asintió:

-Sí, efectivamente, se trata de un fallo cardiaco.

-Son ustedes testigos –añadió el anfitrión dirigiendo su vista hacia el señor juez.

 

Fidelísimo retrato de la época, lo mismo que la narración titulada “El retablo”, lo es de la Iglesia en aquellos finales del franquismo. Mientras en las ciudades, obispos y cardenales paseaban bajo palio al Dictador o inauguraban el faraónico Valle de los Caídos, construido con mano de obra de los vencidos en la guerra civil, en las zonas rurales los curas de misa y olla, malvendían el riquísimo patrimonio de las iglesias de los pueblos. Si en la narración mencionada el cura no lo consigue se debe a una triquiñuela del infatigable Juanito. Sólo es una gota de agua en un enorme mar de corrupción y simonía. No es éste el único relato que afecta a la Iglesia. Hay otro titulado “El Fantasma” -un misterioso fantasma que trae en vilo a todo el vecindario de cierta localidad, pero al final se descubre que es el cura del pueblo que usa una sábana cada vez que va a ver a su amante-, que pone el dedo en la llaga del celibato eclesiástico.

Pero todo no son críticas y denuestos en ese libro. Fernando de Villena también ofrece al lector la risa, la sonrisa y la carcajada. Así ocurre, por ejemplo, cuando Juanito va de putas o cuando, al pasar por cierto pueblo, se le ocurre hacer de figurante en una representación del Tenorio de Zorrilla. El joven había bebido varias copas en demasía y, aunque su actuación se reducía a aparecer en escena y dejarse matar por don Juan Tenorio, cuando se vio con una espada en la mano, decidió defenderse y, en lugar de vencido, ser el vencedor. Lo peor fue que una buena parte del respetable público comenzó a animarlo -¡Dale!, ¡A ver si lo tumbas!, ¡Así!, - y, lo que parecía una representación teatral, terminó en un duelo de espadachines y un infernal guirigay del público. Gracias a la llegada de la guardia civil no hubo que lamentar desgracias personales y Juanito se ahorró el hotel: pasó la noche en las mazmorras de la guardia civil.

El libro está escrito en un lenguaje claro y sencillo que lo hace asequible a todo tipo de lector. La localización en los años sesenta y setenta, va a motivar que, para unos sea la rememoración de tiempos pasados y para otros, un acercamiento a una época que sólo conocen por referencias de sus mayores, pero en uno y otro caso el interés es indudable.