Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
Mª VICTORIA REYZÁBAL
Acerca de "Los enemigos de los libros", de William Blades.   Fárcola, Ediciones

Mª Victoria Reyzábal

William Blades

Fórcola Ediciones

El autor, gran bibliófilo inglés, editor y restaurador, altruista con valoración especial acerca de los bienes que debían ser públicos, y no como los ricachones españoles obsesionados por el ansia de poseer grandes colecciones privadas, fue uno de los primeros catalogadores de los libros impresos por William Caxton[1], quien llevó la imprenta a Inglaterra allá por el siglo XV. La búsqueda de sus valiosos incunables ocupó parte de la vida de Blades[2]. A partir de semejantes avatares y de su propia experiencia como amante de los libros, denuncia en esta obra, editada originalmente en 1880, los peligros que estos corren cuando no son cuidados con esmero y el conocimiento de sus enemigos. Así, en diferentes capítulos, enumera y caracteriza los riesgos de cada uno: el fuego, el agua, el gas y el calor, el polvo y el abandono, la ignorancia y el fanatismo, las polillas y otras plagas varias, además de los encuadernadores, los coleccionistas más los niños y los criados; a la vez, creo que habría que agregar a los funestos herederos que malvenden las bibliotecas de sus padres sin ni siquiera saber lo que guardan esos estantes familiares.

Blades, inglés del siglo XIX, creyente en el progreso, pensaba que dicho avance se encerraba en los libros, por eso defendía a ultranza su conservación aunque, obviamente, conocía otras acciones canallescas con o mediante estos como: el uso de la tinta envenenada que mataba a los lectores, las obras rarísimas vendidas por calderilla, los manuscritos de valor incalculable pudriéndose en algún monasterio perdido, sin olvidar los “purificados” en hogueras inquisicionales. Muchos de estos asesinos de libros o de su belleza han ido desapareciendo con el tiempo, pero ahora campea otro tipo de posible extinción por causa de los productos digitales que ofrecen su contenido en los espacios sutiles y parpadeantes de las pantallas, así se volatiliza el libro como objeto, recipiente material y autónomo de otras exigencias, y ello a pesar de los censores de algunas (o todas) épocas.

La acumulación y transmisión de nuestro saber se transmite no solo por las enseñanzas académicas, generalizadas recién en el siglo XX y solo en los países llamados desarrollados y democráticos, sino fijado en los volúmenes cuya consulta constante nos permite enriquecer el proceso darwiniano del cerebro. Proteger y conservar los libros que nos han sido legando por nuestros antepasados requiere rigor ético y estético pero también, y fundamentalmente, respeto a aquellos que, en muchos casos, hasta arriesgaron la vida por pensar y difundir sus ideas.

La cultura no se “construye” en dos días, nuestra labor en este sentido consiste en enriquecerla si podemos o, cuanto menos, legársela a las próximas generaciones sin expurgamientos ideológicos; así, para J. Jiménez: “La ignorancia y el fanatismo, que llevaron a los regímenes totalitarios -nazismo y comunismo- a quemar no sólo libros sino también personas, Blades los rastrea ya en tiempos bíblicos. La lista de biblioclastas, ignorantes y/o fanáticos, desde san Pablo hasta Joseph Goebbels, pasando por Lutero, es infinita”, pues “Como subraya Blades en su conclusión, `La posesión de todo libro antiguo es una encomienda sagrada, de tal suerte que cualquier propietario consciente de lo que tiene, o cualquier custodio, debería pensar que ignorar su responsabilidad en la materia es igual que para un padre dejar de atender a su hijo´. Defender y conservar el patrimonio libresco como si de nuestros hijos se tratase no es mala encomienda. Si a eso añadimos la investigación y divulgación de dicho patrimonio, no sólo daremos cuenta de nuestro pasado sino que quizá aprendamos más de nosotros mismos y podamos afrontar el futuro con más garantías de lograr el verdadero progreso, que no es otro que el moral y cultural, y no el económico y tecnológico.” Propuesta realista que nos conviene tener en cuenta pues la involución es algo que cada vez más debemos tener en cuenta.

 


[1] William Caxton (1415/1422-1492) mercader, diplomático, lingüista, escritor e impresor inglés. Fue quien llevó la primera imprenta a su país. Editó más de 100 libros como La muerte de Arturo, de T. Malory y Los cuentos de Canterbury, de G. Chaucer.

 

[2] Blades, hombre ilustrado y exhaustivo, contribuyó a la creación de la Library Association del Reino Unido, fundada en 1877, destacó como coleccionista no solo de libros antiguos sino también de grabados y medallas.