Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
ANTONIO HERNÁNDEZ
Presentación de "Ausencias", por Antonio Hernández

Antonio Hernández

Fundación Unicaja

José García Pérez

Fernando Pessoa

Mi amigo, mi casi hermano gemelo Pepe García Pérez, me pide que presente su libro “Ausencias” y ya estoy aquí encantado y pasto potencial de los críticos que fueron sus acólitos y monagos; digo casi mi hermano porque ambos nacimos un 26 de Enero, sólo que él algo menos de una década antes que yo y al otro lado del charco mediterráneo, circunstancias que nos separa aunque no tanto como el que sea del Palangana Fútbol Club y yo del Betis manque suba y baje, ascensor de mis cuitas.

 

         Me pide que presente su libro de poemas y, además, que no hable de sus cosas, sino de su poesía como si sus cosas y su poesía fueran cosas distintas. Le ha puesto a su libro, que edita UNICAJA, la auxiliadora o socorrista de esos pobres en verso libre o rimado que somos los poetas, un título plural, Ausencias, lo cual pone de manifiesto un ocasional mal gusto repetitivo que contrasta con una formidable intuición que ya señalé como característica suya, porque Pepe ignora, aunque no su sexto sentido, que es la palabra -me refiero a Ausencia- en singular, la que define a la poesía. O sea, que si ustedes me preguntan qué es la poesía , yo les voy a responder que La ausencia, y es, perogrullescamente dicho, porque representa lo que está ausente, aunque puede que algunos puedan citarla y atraerla con su magia, la de uno y la de ella, descorriendo el velo por el que la intuición la divisa al otro lado del espejo y hace posible que el poeta despliegue una imaginería que le dé a la caza alcance, como le ocurrió a Juan de Yepes, alias San Juan de la Cruz, quien, como es sabido, voló más alto que el mismísimo pájaro de la inspiración.

 

         Y vamos a ver en vista de que nos metemos en territorio divino: la poesía es el único mundo separado que existe dentro del mundo. Desde esa premisa, Dios no lo gobierna, y como se le ha escapado de la mano, lo castiga, en la medida que puede gobernar, a tal mundo de raros y rebeldes, con la ambigüedad. De la que brota la paradoja, ese encuentro de contrarios que nos sitúa en un universo mágico regido por la Ausencia. Ausencia que, de buenas a primeras y a través de la intuición, se hace tangible, ausencia en ramalazo de algo que nace cuando ya ha cumplido cientos de siglos. De ahí que, al mezclarse con nosotros, se escuche el eco de una lengua ignota. Y de ahí esa llovizna que nos empapa de emoción y de belleza.

 

         Que conste que no me he inventado nada. Consulten a Jacques Prevert, quien dice lo mismo con menos palabras: “La magia es sórdida y cotidiana. Sólo el poeta la apresa”. O al no menos grande, ya que hemos metido lo divino y lo humano por en medio, William Blake, quien asegura que “todo poeta verdadero, por fuerza, ha de sentirse de parte del demonio”. Es decir, si el  Supremo no domina nuestro ínfimo mundo con alas es por eso, porque mete basa su contrario. ¿No hablábamos de ambigüedad? Tesis, antítesis y síntesis, Hegel lo dijo y no cometo ni irreverencia ni nada por el estilo al recordarlo en cuanto a que Blake era sacerdote, amén de poeta visionario, y por ambas cosas la Iglesia Católica gnóstica, la de la sabiduría pues, concede anualmente en Melbourne el Premio Internacional de Poesía que lleva su nombre: el de Blake.

 

         La Poesía, en uno de sus componentes fundamentales, es intuición, algo intangible que yo no sé si le atribuí a Pepe, como él dice, en este mismo libro, en contrasolapa, pero supongo que sí porque además me atribuye que tiene “el don de la embriaguez -quién lo pone en duda- y el de la originalidad”, pero la originalidad no es sino una manera inimitable de ser como todo el mundo. Por tanto, cállense las lenguas de vecindonas alteradas por mis elogios. Porque, además, si eso no lo he dicho yo, lo ha dicho mi alter ego, y ya es bastante.

 

         Ustedes dirán que los elogios proferidos no deben negarse aun a riesgos de que los enemigos de Pepe -lean el prólogo si quieren reírse del inframundo circense de los poetas- me pongan a parir. Yo aporto argumentos de que es un auténtico poeta, y podía haber sido mucho mejor de haberse topado con las musas antes. Es un magnífico poeta, excepto cuando se mosquea y se pone apocalíptico, capaz de escribir que yo soy uno de los cuatro ases de la baraja de la lírica española emparentándome nada menos que con Claudio Rodríguez, lo cual denota muy buen gusto. Y esa es otra cualidad obligada en el poeta, el gusto, la elegancia. Quiere decirse sin ambages: si admira a Claudio es porque la sensibilidad de García Pérez añade a su poética un aprendizaje que lo coloca en el grupo de la excelencia. Otro gallo cantaría si sus referencias fueran poetas del montón. Aquí sus guías, que crean canon, son el mejor poeta español de los últimos tiempos -Claudio Rodríguez- y el mejor poeta portugués de todos los siglos: Fernando Pessoa. Que nadie se llame a engaño: dime con quien andas y te diré quién eres.

 

         Y acaso por eso, por el influjo definitivo de la lectura del portugués ha dejado en la concepción poética de García Pérez, encabece las secciones de este libro con citas del mismo que actúan como guías de un discurso siempre entre el gozo y la angustia, la desesperación y la esperanza, la ternura y la saña, el amor y su ausencia física que torna en desasosiego; en un discurso que tiene como base la ambigüedad de que hemos hablado y que justifica el título general de Ausencias. Nuestro poeta mismo lo reconoce en versos radicalmente definitorios: “Noche y día,/ contraste es mi existencia,/ ramillete de rosas con espinas/ y agrio calvario de alegrías…” Pero el poeta es un fingidor, sólo que en principio, y nuestro José García Pérez recurre al autor de “Pavana del desasosiego” y escribe este libro “para mentirse a sí mismo”, porque, en efecto “El poeta es un fingidor,/ finge tan sinceramente/ que llega a creer que no es dolor/ el dolor que de veras siente”.

 

         Y como si quisiera borrar todo rastro del pasado -incluso el del amor que impregna de ternura este libro- nos dice que “He sido siempre un actor, y en serio”, o sea actor “aunque de verdad”, hasta dejarse la sangre en la escena. Pero el tiempo pasa y actúa como la ola sobre las huellas del ser en la arena de la playa, y tras pisar, pisándose, el amor celebrado y, perdido en el paso de los días u olvidándose de querellas con poetas y políticos decepcionantes, aplacada la rebeldía y sosegado en la serenidad del que no quiere más gloria ni existencia que la de la contemplación serena del mundo, renuncia a lo irrenunciable que ha sido y es razón de su existencia: la Poesía, sea asunto de amor posible o imposible, tema de controversia ética o estética, litigio de Demonio transeúnte con Dios estable y sereno, porque:

 

Ahora que los prados siguen de color verde

y las aves calientan sus nidos en cornisas.

Ahora que los mares silencian mis oídos

y las nubes son nubes, simples vapores de agua.

Ahora que no canto miserias ni esperanzas

ni la muerte deseo.

Ahora, cuando Dios existe sin problemas,

y todas las mujeres me parecen iguales.

Ahora que no escucho siseos de los juncos

ni beso arena roja camino del ocaso.

Ahora que me dicen que ya soy como siempre

y sostengo la vida sin sombras y sin dudas:

ahora sí que no soy poesía.

 

         La paradoja, querido Pepe, “es la pasión del pensamiento que evita la paradoja; es como el amante -como tú- que quisiera hurtarse a la pasión”. Nietzche decía, y tú eres la prueba, que “A lomos de todas las paradojas se cabalga hacia todas las verdades”. Tu poesía, cada vez más de verdad, ya no tiene escapatoria. Y es porque algo te impulsa a pasear por el filo de la navaja. ¿Qué por qué? Porque sólo el ruiseñor es capaz de comprender a la rosa. Y sólo la rosa, la Poesía, con su delicadeza y sus espinas, es capaz de incitar al ruiseñor, es decir, al Poeta.

 

         Lean este libro, beso y llaga de una pasión que se alza, como toda la buena poesía, en su rastro. Ese rastro que, leyéndolo, podemos seguir sin parar. Y emocionados.

 

Antonio Hernández

Málaga, 21 de noviembre de 2016