Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
Manuel Quiroga Clérigo
En torno a "La lucha por el vuelo", del marbellí Sergio Navarro. PREMIO ADONAIS. Ediciones RIALP

Manuel Quiroga Clérigo

Sergio Navarro

Ed.: RIALP

En este panorama en el que las grandes editoriales desprecian olímpicamente a los autores, salvo que se llamen Mario Vargas Llosa o Cervantes, el que otras aún convoquen premios de poesía y publiquen los libros ganadores en una bendición, no del cielo ciertamente, sino extrañamente de una sociedad carente del más mínimo decoro y amor por la creación y los creadores. De paso conviene recordar los inmensos negocios que avispadas editoriales están haciendo, siguen haciendo, con las ilusiones casi vanas de los poetas, principiantes o no, y hasta con los novelistas no encumbrados en las primeras listas de los bestsellers que confeccionan astutos críticos literarios, digamos, oficiales. Y ya, como dicen en México.

Total que Ediciones Rialp sigue siendo paladín del Premio Adonais de Poesía y el libro galardonado en 2016 es “Lucha por el vuelo” del marbellí, suena bien, Sergio Navarro Ramírez, nacido en 1992, quien viene a decir que “Los novios se aman en su oscuridad,/solo suya, la noche de este mundo”. El autor tiene el doble grado de Filología Hispánica y Comunicación Audiovisual por la Universidad de Navarra y cursó un Máster en Literatura Comparada en la Universidad de Cambridge. Algunos de sus versos suenan a Claudio Rodríguez, a Jesús Hilario Tundidor, a César Vallejo, a Octavio Paz, a cierto Félix Grande. Hay gustos para todos, lo cierto es que se trata de una poesía amplia, repleta de vivencias, de visiones, de cercanías, de estímulos literarios. No en vano se dice de este libro que el jurado lo distinguió “por su contemplativa y serena mirada sobre la naturaleza, sustentada por una fluida e intensa musicalidad”.

Y así es, espantados un poco de cierta poesía pretendidamente renovadora, aberrante, de intensidades excesivas, a veces preferimos la sencillez de una emoción como cuando, aquí, leemos en su poema “Mapa del tiempo”: “No pertenece a su estación el aire/ que sopla en esta noche bienvenida, extraviada a mitad de ahora y que ahora/ vuelve encontrar un sitio en este mes./ Regresa aquí su bendición de brisa/ que refresca al paseante solitario./ Como si Dios templase con su soplo,/ con sus labios de madre cuidadosa,/ la ardiente cucharada de esta tierra”. Hay un leve misticismo, una penetración en la conciencia del ser humano caminante por el desamparo. Ese es el vuelo, al ansia de elevarse por encima de lo cotidiano y lo mortal para indagar en las razones del horizonte. Sí, es la naturaleza la que vibra, se contiene, en algunos de estos poemas, de estas reflexiones. (“Las farolas proyectan sobre el suelo/la última compañía de su sombra”). En los momentos de crisis, cuando gobiernos y gobernados no llegan a entenderse, cuando cada mañana llueve azufre sobre las bolsas de comercio, cuando existen millones de desempleados, niños muriendo en todo el mundo, y avezados capitalistas embarcan a los demás en guerras para vender sus armas o reconstruir lo que se destruya, tal vez la poesía sea un bálsamo, un recorrido por la sensatez escasamente útil pero necesaria.

Por eso es un oficio gratuito que, sin embargo, tiene tantos adeptos, algunos de los cuales incluso empeñan su patrimonio para dar a conocer esas gotas de pacífica ternura. Sergio Ramírez se mezcla con quienes batallan cada día por modificar los entornos empobrecidos por la ignominia. Dice, por ejemplo, en “Muerte en el alféizar” : “La luz por la ventana la reclama./ El aire se desliza por la estrecha/rendija y atempera el calor denso/ de su cuerpo en la lucha por el vuelo./ Los golpes de sus alas contra el vidrio/resuenan desde la mañana agónicos./ Al fin, la gravedad vence a su esfuerzo./ El cristal resistió el batir de alas/ y se desploma sobre el polvo gris,/ que se eleva ligero por el haz/ de sol que lo suspende./ Ahora, en el alféizar, yace muerta/y la luz no la aleja de su abrazo/ y la corriente mece levemente/sus alas”.

Navarro atesora varios premios y actualmente reside en como Becario en la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores con la loable intención de escribir, de seguir escribiendo, otro poemario. Además de éste tiene publicado “Telarañas”, el libro con lo que obtuvo el Premio Emilio Alfaro Hardisson del Ateneo Cutural de la Lagua, 2015.

Poemas bien medidos, versos de gran musicalidad, indagaciones de gran humanidad y metáforas de cierta ternura dan como resultado un poemario digno, delicado donde el ser humano se convierte en protagonista de su propia aventura y, con ello, es capaz de dialogar con los demás, de abrir esa brecha necesaria para confesarse con el firmamento o dejar patentes los temores que acechan a un universo en continuo deterioro, de lo cual todos tenemos la culpa no sólo un político yanqui rubio o al comunismo chino. Leamos “El vuelo”: “Sobre el oscuro río, flora el cisne:/ la cabeza doblada sobre el pecho,/ las altas prietas contra las costillas/ y las palmas muy juntas, como reza/ un niño su nocturno padrenuestro./ Reposa el ave en medio de la sombras./ Parece comprimido por la noche,/ceñido por un puño de tinieblas,/ como un diamante bajo la presión/tectónica de la honda oscuridad./ Súbita, su quietud blanca estalla/ con el estrépito del agua rota,/ de las alas que baten poderosas./ El cisne se levanta, ofreciendo/el aire su orgulloso pecho abierto”. Nos trae los recuerdos del crudo del Prestige provocando la muerte o invalidez de miles de aves y peces, el gran desastre de Oyambre cuando ardió por un accidente con productos tóxicos, las centrales nucleares aún elevando al cielo sus venenos mortales.

Es bueno que poetas, periodistas, gentes de bien, hablen, rememoren esas desgracias y otras como los migrantes muriendo en el Adriático o desgarrándose las manos y la piel con las cuchillas de Melilla que un avezado Ministro del Interior aducía que no hacen daño a nadie mientras se daba golpes de pecho tras la comunión diaria. ¡Qué mundo!. El de la poesía es otro, al menos así lo entiende este autor, joven y preocupado por su proximidad a tanta decadencia. Muy recomendable leer el poema titulado “Amonites”:”En las manos invierna el amonites./Aún no ha llegado la resurrección,/la que espera el final de su letargo,/aquella que, con fe de mártir, quiso/cuando se hundió en el lecho del océano./Su postura parece la de un sueño,/acurrucado sobre ti, durmiendo/hasta que los inviernos de ese mundo/cesen.()”. Hace unos días hemos visto cuatro cisnes blancos, elegantes, curiosos, cruzando bajo los puentes, en las marismas, del Río Capitán en el Parque Natural de Oyambre.

La vida se renueva. Y la poesía.