Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
Manuel Quiroga Clérigo
Acerca de "Dónde la muerte en Ámsterdam", de Ángela Martín del Burgo. Edita: Cuadernos del Laberinto.

Manuel Quiroga Clérigo

Ángela Martín del Burgo

Cuadernos del Laberinto

Tal vez existan varias “clases” de poetas, aunque la poesía sea una clara expresión de sentimientos y anhelos Una de esas clases es la del viajero, aquel escritor que, teniendo una buena formación y un buen bagaje de lecturas, es amante de los paisajes, del mundo exterior y de los seres humanos que aparecen cerca de las fuentes o de los horizontes.

Ángela Martín del Burgo, en varios de sus libros como “Poemas de viaje” (Huerga@Fierro 2011) y “Enigma y misterio de viajes y otros poemas” (Huerga@Fierro 2016) ha demostrado que el mundo está en la punta del bolígrafo. Estos títulos preceden a “Donde la muerte de Ámsterdam” que incide en ese universo de paisajes y vivencias que poetas y otros escritores hacen suyos con frecuencia, sin menoscabar sentimientos, entusiasmos y recuerdos.

El libro comienza con una emoción:“Era un anochecer de agosto”, sigue “El poeta habla de la amada: “La amada es el espejo mágico de la infancia”. Una lectura apacible nos permitirá transitar por sueños y geografías, convivir con ellos y, a veces, identificarnos con una avenida o un rostro. “Son cortas las cartas de invierno” es, y dice, otro poema aparece la infancia, el pasado, las leyendas de ilusiones o vivencias que la inspiración trata de retener aunque a veces están a flor de piel:. “Mi madre soy yo”, leemos.

El volumen se divide en varias partes: “El amor y la muerte”, “Ciudades”, “Poemas de Daimiel”, “Donde la muerte en Ámsterdam” y un epílogo: “…si el hombre es camino fronterizo, la poesía franquea estas fronteras, las recorre, las habita”. Y es verdad. Ángela Martín del Burgo, Doctora en Filología y Profesora de Lengua Española y Literatura hace suyos los caminos de esos espacios exteriores por los que es preciso deambular y donde encontramos los verdaderos secretos de la existencia. Puede ser por la “Gran Vía del dolor”: “He visto la muerte/paralizar la mirada/en el punto álgido del misterio”, u otros espacios urbanos donde todo es posible, veamos Barcelona (“El misterio de la vida es azul”). En la Europa de la aventura surge “Praga” como el lugar donde “gesticulantes estatuas entablan animado diálogo”; en Marsella asistimos a esa “Levedad, ingravidez, aire, cielo/el universo en movimiento…” (“El nadador”).

El texto se va desenvolviendo dentro de los cauces de un ritmo musical muy apropiado para los sucesivos relatos, para la espléndida concentración de idealizaciones y de momentos gratos en que la autora se ve sumergida. Su cometido es encontrar nuevos horizontes y al hallarlos, como decía Alfonso S. Palomares en el prólogo a “Enigma y

misterio…”, promete a los lectores “un viaje cargado de sugerencias”. “Más allá de Verona no existe el mundo” escribió William Shakespeare en “Romeo y Julieta”. En los versos de este libro todas las ciudades son Verona, todo el mundo se encuentra en una torre, en la fachada de una catedral o el viandante de cualquier avenida.

En los “Poemas de ¨Daimiel”, dedicados a sus padres, la autora realiza una detenida inspección del pasado, una sosegada evocación de la infancia, una reinvención de los trabajos y los días, de la delicada historia de una época difícil que, aún sin nombrarla, forma parte de ese todo entre perezoso y edulcorado que constituyó parte del tiempo no perdonado que nos condujo a este siglo XXI en difícil equilibrio. “¡Ay, luna!,/no te pierdas…”, escribe Ángela Martín del Burgo y, recalca, “Mis padres edificaron la casa/y la arrasó el viento”, no para inspirar compasión sino para constatar esas situaciones que patentizaron los tiempos irremediablemente complicados en que ausentes determinados valores la vida se tornaba algo gris: “El parque” es un poema delicado, tierno, preciso donde la desolación cobra valor de algo real, donde se certifica la situación de un pueblo y una sociedad:“Nadie transita en la noche fría/sólo la conciencia de dos hombres/uno paseando y otro tras la ventana/iluminan el parque de anochecida”. Lo demás es parte de esas materias donde germina el dolor, se transforman las ideas o se modifica la realidad. Todo aparece un poco contaminado por un ambiente de cierta agonía que, sin embargo, aún puede transformarse. De hecho la vida ha seguido su curso por los senderos de una concordia a veces poco imaginada.

Los últimos poemas tienen como especial protagonismo a una hermosa ciudad amenazada por vicios y pasiones que se llama Ámsterdam después, ya, de haber transitado por cercanas espacios abiertos a todos los enigmas como Madrid, Barcelona, Vizcaya, San Sebastián, Sevilla, Salamanca, Asturias o, incluso, París, Biarritz, Burdeos, Londres, Saint Martin in the Fields, Munich, Viena, Niza, Marsella, Lisboa, Praga…Nos queda recordar algunos versos, algo estremecedores, repletos de indagación y de un análisis expresado con tanto acierto. Por Ámsterdam deambulan los más raros especímenes del género humano, los (aparentemente) más íntegros seres, artistas, violencias, ruindades. También se pueden ver infinitos tulipanes junto a las plantas de marihuana o rosas de los más espléndidos colores junto a la suciedad de vagabundos apátridas. Están al lado del espíritu de los grandes artistas, músicos, creadores, filósofos: Bach, Händel, Van Gogh, Rembrandt.

La autora, nacida en Morón de la Frontera (Sevilla) y, seguramente, habitante de un mundo de espejos transparentes escribe: “Entre el humo de cigarrillos de hachís,/la vida también se aguarda/se olvida y pasa”…Tal vez la poesía de viajes, o la reflexión sobre el amor y la muerte, sean los temas preferidos por los poetas audaces, por as escritoras y escritores que hacen suyos todos los caminos y, con al tiempo, son perfectamente capaces de hablar de aquello que van encontrando a su paso. Su idea, tal vez oculta, es la de invitar a los demás a iniciar el mismo viaje, como si se tratara de un reto al inmovilismo de unas sociedades aburridas, asentadas en la comodidad de la ignorancia. Y esas apreciaciones valen para los críticos aparentemente intelectuales, para los periodistas preocupados por el devenir negativo de las bolsas de comercio o para los

políticos, corruptos en una determinada mayoría, pero también para los desencantados ciudadanos de una Europa enzarzada en la negatividad de la cual sólo la poesía podrá rescatarnos, al menos si se trata de obras como la de Ángela Martín del Burgo.